dsc_0011

Felicidades – tres años imperfectos

 Seré breve. Creo que felicitar a alguien, por lo que sea, es de las cosas más difíciles del mundo.

Felicitar por un aniversario, lo es más.

Dejando de lado los gestos de cortesía, los mensajes predeterminados y los gifs en redes sociales, es tremendamente complicado felicitar a alguien que te importa por su cumpleaños.

Y es que, aunque sea levemente, pasa la duda por la cabeza de, ¿realmente entenderá lo que quiero decir? ¿Cómo puedo asegurarme de que sepa que, si le felicito, es porque realmente siento algo por esta persona: me alegro de que esté aquí; es realmente importante para mí; y que, si no lo fuera, que por suerte lo es, no me molestaría en intentar poner en palabras las diferentes felicidades de cada tipo que vienen a mí cada vez que llega el día que celebramos que llegó al mundo?

Todo esto es muy complicado de expresar con palabras. Y, si escrito queda raro, imaginad en voz alta. Compartir tus sentimientos y no quedar como un guion de Richard Curtis es complicado, da igual los corazones que tengas.

Por eso es más fácil decir “felicidades”. Y así todos nos entendemos.

Hoy toca felicitar muchos, y no a uno. Y es que hoy el mediometraje Doctor Who: El mundo imperfecto cumple tres años de su estreno en el Doctor Who Day de Barcelona. Y no han tardado en recordármelo.

EMI no es sólo un metraje de fans para fans y blah-blah-blah, para muchos es el punto y aparte de una nueva vida. Un trampolín o primer paso interpretativo y profesional. Una experiencia cambia-vidas. La concepción de un sueño –

– porque muchos de nuestros actores empezaron a actuar o cambiaron sus papeles en él, tres meses de rodaje y de aventuras que hicieron danzar sus vidas hasta lugares insospechados;

– otros decidieron que este era el camino profesional (o no) que querían seguir, y sirvió como plataforma de lanzamiento para un futuro entre focos y cámaras;

– y porque meses después haría nacer Vision Factory Entertainment Studios, que todavía hoy con fuerza, pasión, ganas y esperanza sigue contando historias – y nos dio La tragedia de la Dama y el Tiempo, que es, hasta la fecha, mi cuento preferido.

Así que.

felicidades a Jordi, Albert, Álex, Mat y Carles. Felicidades a Claudia, Laura, María, Rebeca y Lucía. Felicidades a Aitor, a Lena y a José.

felicidades a Marc.

felicidades al (cf)3 y a la Asociación Planeta Gallifrey.

felicidades a Jordi y a Óscar.

felicidades a Rubén, a Esther y a Laia.

felicidades a Rach, a Violeta, a  Anna, a Rocío y a María.

felicidades a Jere, a Kike, a Helena, a Laura, a Mireia, a Jenny, a Valdric y a Alba.

Y mil gracias a los demás, que ya sabéis quienes sois. ¡Allons-y y Gerónimo!

dexters-laboratory

Soy el malo aquel de “El laboratorio de Dexter”

Cuando era crío me pasaba horas y horas delante del televisor. Pero horas y horas.

Cuando aún no existía la Televisión Digital Terrestre y los canales eran los que eran (aunque más de lo que solían ser) mis padres contrataron la tele por cable. No sé si os acordáis de Amena, que luego se convirtió en Menta y luego en Ono, y luego no sé en qué evolucionó. El caso es que estaban los que tenían Terra, los que tenían Canal + y yo tenía Ono.

Mi canal predilecto de Ono era Cartoon Network, que tenía todas las series de la factoría junto a las producciones de Hannah-Barbera y la Warner Bros., si no recuerdo mal. Y me gusta recordar bien, de hecho, las series que me tragaba día sí, día también aunque ya me hubiese visto todos los espisodios.

Daban los Looney Toons, Tom & Jerry, Código K.N.D., Ed+Edd+Eddy, Teen Titans, Johnny Bravo, Oveja en la ciudad, Scooby-Doo, Agallas: el perro cobarde, Vaca y Pollo… una locura de series. Una de las que recuerdo con más afecto es El laboratorio de Dexter.

Esta ha tenido un gran impacto en mi vida, y hasta que no he llegado a mi edad adulta no he sabido por qué. Y es por el señor que salía en los créditos: Genndy Tartakovsky.

Tartakovsky fue uno de los artistas, animadores y creadores con más maña de Cartoon Network, actualmente trabaja para Sony Pictures Animation. Suyas son obras maestras como El laboratorio de Dexter, Las Supernenas, Las macabras aventuras de Billy y Mandy (no la obra de ficción de Seymour Skinner Billy y el Clonosaurio), Samurai Jack, Star Wars: Las guerras clon y largometrajes como Hotel Transilvania 1 y 2.

La animación de este hombre, su humor, sus historias, guiones, conceptos han sido (y son) uan gran influencia en mí a la hora de escribir y dirigir. Me encanta que los actores se comporten como si formaran parte de una película de animación, sobre todo en comedia. Hace que el ritmo narrativo visual sea mucho más fluido, conciso y atractivo.

Habían grandes episodios de Dexter: el de omelette du formage, en el que únicamente podía decir eso por intentar estudiar en el último minuto un examen de francés; o el del alumno que vive enganchado en un chicle al fondo del autobús; o personajes como Mandark y el padre de Dexter… Pero había uno…

… había un episodio que me ha venido recientemente a la cabeza gracias a /por culpa de mis ánimos a la hora de trabajar en proyectos propios.

Yo fui un niño vago. Muy vago. No hacía nunca los deberes, no me gustaba estudiar: sólo jugar con mis muñecos de Star Wars, al Banjo-Kazooie de la Nintendo 64 y ver dibujos animados. Nunca acababa las tareas que empezaba.

Pero cuando hablo de tareas no hablo sólo de las que nos ponían en el cole, sino también de mis proyectos personales. Escribía cuentos, construía fortalezas para mis figuras de acción, naves espaciales, armaduras, ordenaba y re-ordenaba mi habitación, coleccionaba cromos y figuras, etcétera.

O comenzaba a hacerlo. Siempre me pasaba igual: de repente tenía una idea visionaria y decía, “buah, colega, lo que haré esta tarde”. Pero procrastinaba cuando el término no existía aún, se hacían las tantas de la noche y no conseguía hacer nanai.

A veces me quedaba en el boceto mental de la idea.

¡Y qué queréis, tenía una TV con reproductor de VHS en mi cuarto! Aquello era un no parar de ver pelis y pelis mientras hacía nada… o pretendía jugar con mis figuras de acción (haciendo demasiado caso a la tele perdí la mano de mi Luke Skywalker en la Batallla de Bespin).

El caso es que – este episodio trataba de cómo Dexter se encontraba con un antiguo alumno del colegio al que iba que era un genio pero que nunca acabó sus estudios. Que lo dejaba todo a la mitad. Este tipejo (que no recuerdo su nombre y no he encontrado el título del capítulo) tiene ahora unas cacho máquinas y robot para cargarse a Dexter, pero este vence al tipo fácilmente porque, igual que no acababa los trabajos de peque, no acaba los robots hoy. Vamos, que son una chusta y se desmontan.

Recuerdo ver el episodio con mi padre, un sábado por la mañana en el sofá, desayunando. Y a eso que Dexter vence al tipo este y, claro, me río por lo ingenioso del episodio (habiéndome tragado todos los Python y José Luis Cuerda ya apreciaba bien los guiones), a lo que mi padre me espeta:

– ¿Ves lo que le ha pasa’o? Aplícate el cuento y ponte las pilas.

Duro, pero cierto. Mi padre siempre ha sabido golpear con la verdad como Rocky con sus puños. Y creédme, es un buen símil: mi padre tiene un aire a Stallone. De lejos y con los ojos entrecerrados, pero ahí está.

Bueno, pues como anunciaba en el título: ahora soy el malo aquel de El laboratorio de Dexter. Me paso los días creando y teniendo ideas para novelas, sagas, series, guiones mil… me emociono como un Beagle con una hogaza de pan y luego me siento, me pongo a escribir, y al rato, paso.

¡Cuántas historias habré dejado de contar con esta parida! ¿Por qué me cuesta tanto acabar lo que empiezo? Tengo la respuesta: una vez lo creo, por muy objetivamente bueno que sea, me parece una soberana mierda. Pero soberana sin elecciones. Soberana de “mando porque lo impongo y huelo“. Soberana rollo España/USA.

Hoy le hablaba de esto a la amiga y actriz Marta Beren, y me ha dicho entre sabias lecciones y metáforas de lavandería: valen la pena, vales la pena, no seas vago, escribe.

No me lo ha dicho con esas palabras, pero ese es el mensaje. Y creo que tiene razón.

Me apetecía escribir esta entrada, desahogarme, y lo he hecho. Me ha costado, pero lo he hecho. Y creo que este día es diferente. A partir de hoy,

beren_a_luthien_by_robleskazeppelin-d9jc74t

INSPIRADME

Inspiradme

 

¿Dónde están, musa?

¿Dónde aquellos versos?

¿Dónde las lunas,

dónde los besos?

 

Ya se fueron y no han vuelto.

 

¿Acaso sólo ella merece

alabanzas de mi pecho?

 

No lo entiendo.

 

¿Acaso tengo prohibido amar?

¿Qué hay de malo en todo ello?

Soy ser, soy humano,

tengo alma: siento.

 

Deseo, musa, ¡deseo!

 

¿Cuánto más he de esperar;

cuánto ha de pasar el tiempo?

¿Y por qué Ella no se va

cuando yo ya no la quiero?

 

¡No lo entiendo!

 

¿Dónde están, musa?

¿Dónde aquellos versos?

¿Dónde las lunas,

dónde los besos?

 

Ya lo entiendo, ¡ya estás cerca!

 

Porque Tú eres mi musa

y si no, no soy poeta.

 


En la portada, ‘Beren a Luthien’, de SarkaSkorpikova en DeviantArt.

night-sky-with-moon-and-stars-1389117883KvA

La Luna y la estrella – un cuento en verso

La Luna y la estrella

 

Había una muchacha,

tan bella, tan bella,

que la misma Luna

confundía con estrellas.

 

Esta la amaba

(¡tan lejos, tan cerca!),

y cada mañana

salía a verla.

 

La muchacha, confusa,

y tan bella, tan bella,

le dijo a la Luna,

tranquila y serena:

 

– ¿Acaso no ves que no soy estrella?

Tan solo una niña,

morena, morena y

tuya es la noche por naturaleza.

 

– ¿Quién quiere la noche,

doncella, oh, doncella,

tan negra y tan fría,

si no estás en ella?

Prefiero mil veces

tus luces, doncella,

que no poder verte

siendo Luna nueva.

Si salgo por ti,

mi alba, mi estrella,

no me hagas volver

a la noche tan negra.

 

La muchacha hechizada,

tan buena y tan buena,

prometió cada noche

que iría a verla.

 

Y fueron felices,

la Luna y la estrella,

que resultó ser muchacha,

muy bella, muy bella.