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Hello. I’ve directed a 6th music video.

*ehem*

Perdón. Decía que el pasado diciembre dirigí mi sexto videoclip, el tercero para Anne Lukin y el final de lo que me gustaría llamar ‘The Coming of Age Trilogy’ en la que Anne se libera y descubre a sí misma.

El resultado que véis no es moco de pavo, además de algo realmente especial: no es solamente el espíritu de Anne junto al del equipo de One Vision Pictures e Isa (Sweet Bird), sino que una amalgama de ideas y visiones creadas y dadas a luz por alumnas de Comunicación audiovisual de la Universitat Internacional de Catalunya (UIC), donde pude impartir un trimestre de clases prácticas junto a mis amigas y compañeras Albert G. Casademunt, Júlia López i Melià i Elizabeth Cruz.

Hacía mucho tiempo que quería trabajar de nuevo ficción (algo que he podido hacer en los proyectos que se estrenan durante los próximos meses), y en ‘En el chino de la esquina’ tuve la oportunidad que sólo un videoclip te brinda: trabajar una comedia musical. Anne tiene una gran vis cómica (interpreta dos papeles con gran facilidad y fluidez de cambio con apenas carrera en el sector interpretativo) y proponerle ideas que hagan reír y/o hagan que se ría de sí misma es un deleite máximo: las abraza, las acepta y las mejora.

Utilizando los recursos de la universidad, viajamos a los ochenta. Es cierto que es una década que la nostalgia ha manoseado tanto durante los últimos diez años en cine y televisión que ya no podemos reconocer si lo que recordamos de ella es real o no, pero lo que sí que es cierto es que, si en Estados Unidos fueron los ’60 la era del reinado del libre albedrío, en España no llegaría esa libertad hasta la caída del franquismo. Los ’80 en nuestro país fue una década de experimentación audiovisual y cultural, algo que daba rienda suelta a que nuestra imaginación justificara el presupuesto para llevar a cabo el videoclip.

Dejando todo el trabajo visual a los equipos de alumnas y alumnos de la carrera, que hicieron un trabajo espectacular en arte y vestuario guiados por Júlia y Adrián Suescun, estilista de la artista, dirección nos centramos en crear una pieza narrativa que cumpliera diversos objetivos. Bajo la tesis “arriba el amor propio” intentamos que “Chino” fuera a) poco común (hacía tiempo que no veíamos un emvee que mezclara narrativa y videoclip (y diálogo sobre melodía) en el starlight nacional); b) divertido, de pé a pá, narración incluida; c) significativo, y esta es la parte más importante.

Como divulgador y docente, además de cineasta, me es extremadamente importante que toda pieza audiovisual lleve un mensaje que sea realmente importante para aquellas personas que lo ven. En el caso de “Chino” tratamos diferentes temas que quedan presentes en más de una capa: una crítica a los medios, una defensa de los espectros relativo-afectivos, la reivindicación de la cultura televisiva nacional, y una carta de amor al amor que más importa, el que has de tener por ti misma.

Para dar vida a nuestros ’80s particulares, trajimos a la perfecta Ruth Lorenzo como Vicky Glam, presentadora del programa de variedades Glam Hour. Ruth, con quien ya había trabajado en ‘Miedo’, es un amor y un torbellino, no puedes parar de reír con ella, sobre todo cuando no sale de personaje entre tomas. Vicky era imposible de dirigir, suerte que estaba Ruth al mando de vez en cuando. Referenciar ‘La bola de cristal’, a Chicho Ibáñez-Serrador, a Mecano y ‘Aterriza como puedas’ no estaban de más, pero realmente Ruth ya fue suficiente para dar vida a toda una era.

Me hizo especial ilusión poder contar de nuevo con mis amigos y cómicos César Zamanillo (‘Villa Offline’, ‘La última emisora’) y Teo Jansen (¿qué no he hecho con Teo?) para dar vida al regidor y al técnico de Glam Hour. Dato curioso, el punchline post-créditos de César y Teo está dirigido por Anne. Y muy bien a nivel de timing y delivery, la verdad.

Estoy extremadamente orgulloso del trabajo que hicieron todas las personas que trabajaron en este videoclip (incluso, y/o sobre todo de las que no he mencionado aquí) y del resultado, que me gusta ver de vez en cuando. Creo que tiene mucho de lo que querría hacer con más presupuesto, que Anne brilla y que, por lo que aparente, gustó.

Un género sin certezas

Lo que sigue es un recopilatorio de mis conclusiones y reflexiones acerca del fantástico, parte de diferentes ensayos sobre las claves del género y la ficción contemporánea. Material original escrito alrededor de 2018.


“Lo fantástico explora el espacio de lo interior; tiene mucho que ver con la imaginación, la angustia de vivir y la esperanza de salvación.”

De todas aquellas definiciones que se presentan de lo fantástico, incluida la caracterización a tres puntos que nos ofrece Tzvetan Todorov, es la que encontramos en las páginas 148-149 de La littérature fantastique de Marcel Schneider la que más me ha llamado la atención, aquella que más se acerca a todo lo que suscita en mí el fantástico. Es curiosamente también la que, según el autor, cae en el saco de las que merecen menos atención.

Por lo que entiendo de Todorov – y que alguien me corrija si erro en ello – este “intento” de definición de Schneider no funciona al situar el criterio de lo fantástico en el propio autor del relato. No obstante, evoca en mí todo aquello que siempre he sentido al disfrutar del género fantástico. Sobre todo si nos centramos en a lo que “la esperanza de la salvación” se refiere.

Y diréis, ¿acaso no todas las historias que sigan las desventuras de un personaje principal – o sigan a un protagonista a través de un evento capital – tienen como mensaje intrínseco la búsqueda de la esperanza? ¿No es esa la base del monomito, destilada como se encuentre, y sea el género que sea? Ciertamente la esperanza como emoción o pensamiento puede sonar algo cliché, pero os animo a analizarla en base a todo aquello que cita Todorov a la hora de definir su fantástico:

Hablamos de esperanza a conocer en el desconcierto; a conseguir no sólo evadirnos de la realidad sino a huir completamente de ella – o a encontrar un modo de dejarla de lado una vez acabada la aventura pertinente –; o a que la ambigüedad que rodee el misterio de lo fantástico torne y se revele como fantasía pura y dura (o realidad si hablamos de hechos de pesadilla).

Si extrapolamos la definición de Schneider a aquello que el lector/espectador busca, siente y/o encuentra, ¿no tiene así más sentido su definición? Es cierto que el autor, que es artista y es autor, mirará siempre de poner parte de sí y construir la narrativa fantástica en base a aquello que le defina – pero si carece de receptor que comparta su imaginación, angustia y esperanza (y así la del protagonista), esa historia no existe.

Esta reflexión nace, en parte, de uno de los comentarios del compañero Jofre Urgelés: “no hay ninguna sensación más satisfactoria que identificarse con el personaje, pero creo que también es muy potente saber más que él y estar en completo desacuerdo con sus acciones, sufrir por él.”

¡No recuerdo haber disfrutado más de cualquier género que cuando el personaje se debate entre sus acciones, decisiones y moralidad! Ese ansia de esperanza se hace mucho más fuerte en el fantástico, ya que son elementos sobrenaturales y por encima de la mano del mortal los que se han de vencer.

Siempre la esperanza, extrapolable a cada una de las concepciones, variables y componentes del fantástico es lo que, personalmente, suscita en mí.

Toda mi vida he creído que el fantástico es la narrativa-ficción más objetiva a la hora de definir todo aquello que rodea a la sociedad del autor y los lectores/espectadores en cada momento de la historia. Esta realidad, a grandes rasgos, trata una gran mayoría de temas y preocupaciones atemporales, lo que consigue que estas historias se mantengan en el tiempo y muy difícilmente pierdan su fuerza característica para las generaciones venideras. It’s a Wonderful Life (Frank Capra, 1946) se mantendrá tan viva en el tiempo y en el género como lo hacen ahora las obras de Satoshi Kon o Edgar Wright.

Los valores que transmiten el fantástico de aventuras y acción o el fantástico familiar han sido imperantes a la hora de formarme como persona, a la hora de crecer (subgénero, el fantástico familiar, que cuesta encontrar hoy, ¿alguna recomendación?). Y desde mi adolescencia hasta hoy siguen estando aquí, como decía la compañera Laura Garriga, dando “sentido a algo que no lo tiene”. Llevando siempre aquello mostrado en la ficción a la realidad, aplicándolo en el día a día.

Es por ello que cuando consumo narrativa, sobre todo aquella más oscura y que trata en lo fantástico claros reflejos de la actualidad social y cotidiana, recuerdo la cita de Neil Gaiman: “los cuentos de hadas son más que ciertos: no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos aseguran de que los dragones pueden vencerse”. Un recordatorio constante del impacto que ha de tener la ficción fantástica en la razón colectiva, más allá de las páginas y la pantalla de plata.

En cuanto a los elementos que definen el género, todos los compañeros han citado de forma fantástica y yo los he utilizado en la ejemplificación de cómo adaptar la esperanza de Schneider a la definición de Todorov. Me gustaría, sin embargo, hacer mención a ese cuarto elemento que ha citado otro compañero, Alejandro Ripoll: la figura del tutor sobrenatural como encontramos en el periplo del héroe.

Creo que es primordial que exista un elemento de sujeción a la realidad que a la vez sea introductor al elemento fantástico de la narrativa para ambos el lector/espectador y protagonista de la historia. Este personaje me resulta extremadamente útil (aunque no sea más que eso, un elemento útil del que disponer o no a conciencia) para poder manipular al lector/espectador para bien o para mal. ¿Necesitamos que el personaje mantenga un pie en el mundo real? Podemos hacer que este tutor le barra el paso con recordatorios del estilo Vernon Dursley: “¡La magia no existe!”. ¿Es necesario que el personaje entre de lleno en el mundo fantástico para así dar rienda suelta/más importancia a otros elementos de la trama? El tutor puede ahora da un empujón: “Eres un mago, Harry.”

Mención al mundo del videojuego, algo que durante los últimos años me ha llamado mucho la atención, aunque no haya formado parte de él: la narrativa fantástica en el cine interactivo-inmersivo (que en las plataformas de última generación encontramos muy de vez en cuando, a veces incluso con estrellas y directores de Hollywood) es muy capaz de suscitar emociones y vivir experiencias en el fantástico, si no diferentes, innovadas dentro del género. Me parecería muy interesante analizar en un futuro qué de aquellos elementos del fantástico que Tzvetan Todorov necesitaba para definir lo fantástico se encuentran en ellos y cuáles aparecen de cero o se reinventan para captar al espectador.

El autor y la historia fantástica, en definitiva, los podría definir como George Bailey gritándome: “What is it you want, Mary? What do you want? You want the moon? Just say the word, and I’ll throw a lasso around it and pull it down.”

BRC – Camino Sitges. Toma 07

Mañana, jueves 10 de octubre, formaré parte de la 5ª Blood Red Carpet de la 52ª Edición del Sitges International Fantastic Film Festival de Cataluña.

Acompañado de mis compañeras de alfombra, las actrices Claudia Trujillo y Mireia Oriol, los actores David Solans y Pol Monen, el director Rudy Riveron, y nuestra madrina la galardonada Goya Toledo, seremos presentados ante los profesionales de la industria y medios de comunicación internacionales durante el certamen.

No puedo estar más agradecido y emocionado.

Hace cinco años pisé el Festival por primera vez, y hace cuatro prometí en este mismo blog que un día estrenaría allí. En 2017 me acredité como estudiante del Máster de cine fantástico y ficción contemporánea, volviendo en 2018 como becario a través de los mismos estudios. Ese mismo año, en la 51ª edición, soñé con estrenar mi cortometraje Villa Offline. Pero no pudo ser.

A cambio, ocurrió algo mejor: me formé como profesional y aprendí, viendo cine y escuchando a directores, productores, guionistas y actores hablar en ruedas de prensa; conocí el verdadero funcionamiento de la distribución cinematográfica y la puesta en circuito por festivales; y pude ver de primera mano cómo se trabaja un dossier y se vende un largometraje.

Conocí a actores y directores, y cineastas de diferentes índoles, algunos de los que ya habréis oído hablar y muchos otros de los que espero que tengáis noticias bien pronto (y las tendréis, creedme). Conocí a muchas, muchas, nuevas amigas y encontré una nueva familia en Sitges, familia que durante doce meses se ha mantenido en contacto conmigo y que un año después me recibe con sonrisas y (a)brazos abiertos.

No estrené y me llevé el primer premio.

Durante todo un año creí que mi lugar en Sitges estaba en su organización, formando parte de este Festival, divulgando cine, arte, cultura. Pero, como comenté el año pasado, tengo entre manos un proyecto, aquel al que llamaba Nasus, ahora titulado El castillo al final del camino.

Tras tres años trabajando el guión, desarrollando el proyecto como trabajo final del Máster (recién acabado), y presentando el teaser a partir de este mes a productoras y equipo interesado, el proyecto comienza a marchar. Tanto el equipo como yo estamos emocionadísimos.

Es cierto, pues, que las historias te hacen viajar. La siguiente parada es mañana, Sitges. ¿A dónde más nos llevará?

Age si quid agis.

Sergi

P.S. Gracias, Alex, por la foto. Aclam siempre está ahí cuando lo necesito.

 

Dos pies dentro, la cabeza en las nubes – Camino Sitges. Toma 06

Estoy en Sitges, pero no como esperaba.

Desde noviembre de 2015 he compartido en este blog mi camino al Festival de Sitges, mi sueño de estrenar en el Festival de Cine Fantástico y de Terror de Catalunya. Al principio, la idea era presentar un largometraje que se transformó en corto. Después, ese corto que iba a ser se convirtió en otro, y al final el otro se filmó y no dio tiempo a enviarlo. Y ahora estoy en Festival de Sitges, pero no como esperaba.

El año pasado pisé por segunda vez el festival (la primera vez fue para asistir al estreno de Megamuerte (J. Oskura Nájera, 2014), en la que aparecían mis queridos Jordi Armengol y Álex Oliveres), y pude comprobar que allí era donde quería estar. Era alumno del Máster de Cine Fantástico cuyo equipo docente formaba parte de la organización del evento, y saboreé el privilegio todo lo que mis horarios profesionales me permitieron.

Me encontraba en medio de la pos-producción de Villa Offline, de la cual aún os debo entrada, pieza que se rodó con intención de estrenar en el festival el pasado año pero que no llegó a tiempo (ni de lejos).  Gracias a asistir a la quincuagésima edición del Sitges IFFFC y estudiar el máster, Villa Offline ha podido editarse y re-editarse, pasando por pases privados y decenas de visualizaciones, mejorando en cada versión. He aprendido mucho este año, me alegro de que el el corto no se enviara entonces, y teniendo en cuenta que la única dirección post-estudios cinematográficos ha sido durante el re-montaje (a lo George Lucas), no ha quedado del todo mal.

Podría ser mejor. Mucho. Pero, eh, nos lo acaban de premiar en Los Angeles. Algo habremos hecho bien.

Tenéis que entender varias cosas, que me son difíciles expresar pero que son fundamentales. Siempre he querido hacer cine. Lo he estudiado durante toda mi vida por mi cuenta, pero esta es la primera vez que puedo estudiar de forma oficial. Lo estoy estudiando en el máster que imparte el festival al que siempre he querido asisitir como director. Por complicaciones personales, el cine se ha convertido en mi único medio y modo de poder expresarme, socializar y avanzar personalmente día a día. Y ahora, de repente, me encuentro en un extraño impasse emocional.

En mayo el corto estaba listo para ser enviado a la 51ª Edición del Festival de Sitges. Y se envió.

En junio me propusieron hacer las prácticas del máster en la  51ª Edición del Festival de Sitges. Y acepté.

A poco menos de dos meses del festival al que siempre he querido llegar, me encuentro dentro de él, ayudando a organizarlo, trabajando codo con codo con personas a las que he admirado durante años. Estoy viviendo el festival desde un ángulo que jamás creí que sería posible, y no os podéis ni imaginar las maravillas que he podido observar de cerca.

“Maravillas” para un necio, supongo. Pero maravillas para mí al fin y al cabo.

No quiero, por prudencia profesional, detallar nada de lo que ocurre en las pequeñas oficinas en las que se trabaja para organizar el festival fantástico, pero sabed que es una labor titánica, de meses y docenas de increíbles personas que trabajan con ahinco y un cariño al cine descomunal. Tengo muchas ganas de vivir esta edición que he ayudado a contruir. Pero también trabajo tenso. Tenso, tenso.

Villa Offline está en la parrilla de cortometraje enviados para participar. Y creedme, compite con trabajos más que exquisitos. La tensión de no saber si el corto ha sido escogido estando dentro del festival me causa pesadillas. Literalmente. ¡Qué locura!

Pronto sabremos cómo acaba este pequeño momento de tensión. Sea como sea, el festival ya me ha seleccionado a mí para formar parte de él. Y eso es algo que ningún palmarés podrá superar, ni aunque el mismísimo César me entregara esos laureles.

Por otro lado, el largometraje al que llamamos Nasus [working title] sigue en desarrollo. Lleva unas sesenta páginas de guion y tiene a mucha gente emocionada detrás.

Estoy metido en otros proyectos, pero la verdad es que llevar a Villa Offline por Festivales y el trabajo en el 51º Sitges IFFFC me llevan bastante justo de tiempo (además de empezar ahora un nuevo curso en la escuela Covent Garden – ¡cuarto año ya! -).

No os podéis ni imaginar el lío que tengo en la cabeza con todo esto. ¿Voy muy rápido? ¿Van muy rápidas las cosas? ¿Estoy dando los pasos correctos, tomando las decisiones precisas? Un colega del festival a quien he cogido un gran cariño, una década mayor que yo, me confesaba el otro día lo que hubiera dado por ser yo, ya que he llegado muy rápido donde él querría haber estado a mi edad. Son esa clase de comentarios los que me sacan por las mañanas de la cama con una sonrisa de esperanza y que, a la vez, al cabo de las horas, me hacen pensar si no me estrellaré más rápido al seguir así.

Quizá lo mejor es que no seleccionen aún el cortometraje. Quizá lo mejor es enviar a Festivales sin pretensiones, aunque se rodara para este en específico, y dejar el proyecto fluir. Centrarme a vivir el festival. A acabar de estudiar el máster. A dar clases y escribir.

Quizá.

“Quién sabe señor Frodo. Quién sabe.”

Ya os contaré.

Ama et quid vis fac.