Soy el malo aquel de “El laboratorio de Dexter”

Cuando era crío me pasaba horas y horas delante del televisor. Pero horas y horas.

Cuando aún no existía la Televisión Digital Terrestre y los canales eran los que eran (aunque más de lo que solían ser) mis padres contrataron la tele por cable. No sé si os acordáis de Amena, que luego se convirtió en Menta y luego en Ono, y luego no sé en qué evolucionó. El caso es que estaban los que tenían Terra, los que tenían Canal + y yo tenía Ono.

Mi canal predilecto de Ono era Cartoon Network, que tenía todas las series de la factoría junto a las producciones de Hannah-Barbera y la Warner Bros., si no recuerdo mal. Y me gusta recordar bien, de hecho, las series que me tragaba día sí, día también aunque ya me hubiese visto todos los espisodios.

Daban los Looney Toons, Tom & Jerry, Código K.N.D., Ed+Edd+Eddy, Teen Titans, Johnny Bravo, Oveja en la ciudad, Scooby-Doo, Agallas: el perro cobarde, Vaca y Pollo… una locura de series. Una de las que recuerdo con más afecto es El laboratorio de Dexter.

Esta ha tenido un gran impacto en mi vida, y hasta que no he llegado a mi edad adulta no he sabido por qué. Y es por el señor que salía en los créditos: Genndy Tartakovsky.

Tartakovsky fue uno de los artistas, animadores y creadores con más maña de Cartoon Network, actualmente trabaja para Sony Pictures Animation. Suyas son obras maestras como El laboratorio de Dexter, Las Supernenas, Las macabras aventuras de Billy y Mandy (no la obra de ficción de Seymour Skinner Billy y el Clonosaurio), Samurai Jack, Star Wars: Las guerras clon y largometrajes como Hotel Transilvania 1 y 2.

La animación de este hombre, su humor, sus historias, guiones, conceptos han sido (y son) uan gran influencia en mí a la hora de escribir y dirigir. Me encanta que los actores se comporten como si formaran parte de una película de animación, sobre todo en comedia. Hace que el ritmo narrativo visual sea mucho más fluido, conciso y atractivo.

Habían grandes episodios de Dexter: el de omelette du formage, en el que únicamente podía decir eso por intentar estudiar en el último minuto un examen de francés; o el del alumno que vive enganchado en un chicle al fondo del autobús; o personajes como Mandark y el padre de Dexter… Pero había uno…

… había un episodio que me ha venido recientemente a la cabeza gracias a /por culpa de mis ánimos a la hora de trabajar en proyectos propios.

Yo fui un niño vago. Muy vago. No hacía nunca los deberes, no me gustaba estudiar: sólo jugar con mis muñecos de Star Wars, al Banjo-Kazooie de la Nintendo 64 y ver dibujos animados. Nunca acababa las tareas que empezaba.

Pero cuando hablo de tareas no hablo sólo de las que nos ponían en el cole, sino también de mis proyectos personales. Escribía cuentos, construía fortalezas para mis figuras de acción, naves espaciales, armaduras, ordenaba y re-ordenaba mi habitación, coleccionaba cromos y figuras, etcétera.

O comenzaba a hacerlo. Siempre me pasaba igual: de repente tenía una idea visionaria y decía, “buah, colega, lo que haré esta tarde”. Pero procrastinaba cuando el término no existía aún, se hacían las tantas de la noche y no conseguía hacer nanai.

A veces me quedaba en el boceto mental de la idea.

¡Y qué queréis, tenía una TV con reproductor de VHS en mi cuarto! Aquello era un no parar de ver pelis y pelis mientras hacía nada… o pretendía jugar con mis figuras de acción (haciendo demasiado caso a la tele perdí la mano de mi Luke Skywalker en la Batallla de Bespin).

El caso es que – este episodio trataba de cómo Dexter se encontraba con un antiguo alumno del colegio al que iba que era un genio pero que nunca acabó sus estudios. Que lo dejaba todo a la mitad. Este tipejo (que no recuerdo su nombre y no he encontrado el título del capítulo) tiene ahora unas cacho máquinas y robot para cargarse a Dexter, pero este vence al tipo fácilmente porque, igual que no acababa los trabajos de peque, no acaba los robots hoy. Vamos, que son una chusta y se desmontan.

Recuerdo ver el episodio con mi padre, un sábado por la mañana en el sofá, desayunando. Y a eso que Dexter vence al tipo este y, claro, me río por lo ingenioso del episodio (habiéndome tragado todos los Python y José Luis Cuerda ya apreciaba bien los guiones), a lo que mi padre me espeta:

– ¿Ves lo que le ha pasa’o? Aplícate el cuento y ponte las pilas.

Duro, pero cierto. Mi padre siempre ha sabido golpear con la verdad como Rocky con sus puños. Y creédme, es un buen símil: mi padre tiene un aire a Stallone. De lejos y con los ojos entrecerrados, pero ahí está.

Bueno, pues como anunciaba en el título: ahora soy el malo aquel de El laboratorio de Dexter. Me paso los días creando y teniendo ideas para novelas, sagas, series, guiones mil… me emociono como un Beagle con una hogaza de pan y luego me siento, me pongo a escribir, y al rato, paso.

¡Cuántas historias habré dejado de contar con esta parida! ¿Por qué me cuesta tanto acabar lo que empiezo? Tengo la respuesta: una vez lo creo, por muy objetivamente bueno que sea, me parece una soberana mierda. Pero soberana sin elecciones. Soberana de “mando porque lo impongo y huelo“. Soberana rollo España/USA.

Hoy le hablaba de esto a la amiga y actriz Marta Beren, y me ha dicho entre sabias lecciones y metáforas de lavandería: valen la pena, vales la pena, no seas vago, escribe.

No me lo ha dicho con esas palabras, pero ese es el mensaje. Y creo que tiene razón.

Me apetecía escribir esta entrada, desahogarme, y lo he hecho. Me ha costado, pero lo he hecho. Y creo que este día es diferente. A partir de hoy,

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INSPIRADME

Inspiradme

 

¿Dónde están, musa?

¿Dónde aquellos versos?

¿Dónde las lunas,

dónde los besos?

 

Ya se fueron y no han vuelto.

 

¿Acaso sólo ella merece

alabanzas de mi pecho?

 

No lo entiendo.

 

¿Acaso tengo prohibido amar?

¿Qué hay de malo en todo ello?

Soy ser, soy humano,

tengo alma: siento.

 

Deseo, musa, ¡deseo!

 

¿Cuánto más he de esperar;

cuánto ha de pasar el tiempo?

¿Y por qué Ella no se va

cuando yo ya no la quiero?

 

¡No lo entiendo!

 

¿Dónde están, musa?

¿Dónde aquellos versos?

¿Dónde las lunas,

dónde los besos?

 

Ya lo entiendo, ¡ya estás cerca!

 

Porque Tú eres mi musa

y si no, no soy poeta.

 


En la portada, ‘Beren a Luthien’, de SarkaSkorpikova en DeviantArt.

La Luna y la estrella – un cuento en verso

La Luna y la estrella

 

Había una muchacha,

tan bella, tan bella,

que la misma Luna

confundía con estrellas.

 

Esta la amaba

(¡tan lejos, tan cerca!),

y cada mañana

salía a verla.

 

La muchacha, confusa,

y tan bella, tan bella,

le dijo a la Luna,

tranquila y serena:

 

– ¿Acaso no ves que no soy estrella?

Tan solo una niña,

morena, morena y

tuya es la noche por naturaleza.

 

– ¿Quién quiere la noche,

doncella, oh, doncella,

tan negra y tan fría,

si no estás en ella?

Prefiero mil veces

tus luces, doncella,

que no poder verte

siendo Luna nueva.

Si salgo por ti,

mi alba, mi estrella,

no me hagas volver

a la noche tan negra.

 

La muchacha hechizada,

tan buena y tan buena,

prometió cada noche

que iría a verla.

 

Y fueron felices,

la Luna y la estrella,

que resultó ser muchacha,

muy bella, muy bella.

Aroma – un relato corto con George Clooney y Jack Black

Llovía.

Pero no por causas químico-medioambientales, ni porque los dioses estuvieran cabreados, o los ángeles llorando. Llovía porque debía estarlo. Era necesario para que la noche se embadurnara de un ambiente dramático…

… por eso Jack conducía a las tantas de la noche, la lluvia cayendo sobre el parabrisas de su Lexus Hybrid. Cegándole. El actor maldiciendo cada vez que el cartel de la autopista adelantado no era el que esperaba…

… por eso, al darse cuenta de que debía haber girado un par de salidas atrás, detuvo su vehículo, maldijo de nuevo, y condujo de vuelta, esta vez saliendo a gran velocidad de la autopista…

… por eso, una vez Jack se percató de que estaba llegando a su destino, aceleró, abriendo de par en par intencional y súper épicamente las puertas doradas de la verja del perímetro, a la par que un trueno iluminaba la mansión como un leviatán irguiéndose ante él…

Por eso. Por eso llovía.

Por el drama.

Jack Black – sí, ese Jack Black, el actor – sentía desesperación y algo profundo y shakesperiano, indescriptible pero muy mierdoso.  Era un largo viaje desde la entrada del recinto a la puerta principal del lujoso casoplón,  y ya tenía más o menos construida una disculpa por los posibles pavos reales atropellados.

Tres relámpagos y un pavo (al que se le perdonó la vida) tras atravesar el laberinto de jardín, el Sr. Black llegó al porche del gran chalé y detuvo el coche.

Cagándose en la madre del atascado cinturón de seguridad, Jack lo desabrochó y salió del coche hacia la ahora tormentosa noche.

– ¡George! – Gritó. – ¡Geooorge!

Cual joven británico que acaba de llegar al aeropuerto justo antes de que el avión en el que viaja su amante despegue, Jack Black cerró el coche con un portazo.

– ¡Geooorge! – Volvió a gritar, rabia en su voz, a nadie en concreto. Esperó entonces a que la lluvia se deslizara por su rostro, de su cabello a sus labios, y escupió:

– ¡¡¡PffrfgGEOOORGE!!!

Una de las ventanas un par de metros sobre la entrada de la mansión se iluminó. Seguidamente, una figura se acercó desde el interior, apartando las cortinas y abriéndola de par en par.

George Clooney oteó en la tronada noche, intentando averiguar quién gritaba como un pirado a sus puertas.

– ¿Jack?

– ¡Buenas noches, George! – Respondió Jack, sonriente.

– ¿Qué estás hacien…? ¿Por qué no has picado al tim…? ¿Cómo demonios has entrado en el recin…? ¿¿¿Es eso uno de mis pavos reales???

– Sí… No sé, tío. Estoy un poquito estresado ahora, no seas duro conmigo.

– Joder, Jack, ¿qué ocurre? – preguntó George mientras abrochaba su dorado y blanco albornoz, protegiéndose así del frío.

– ¡Puede que esté a punto de ocurrirnos algo terrible, y he venido a advertirte! – Jack parecía preocupado, casi tanto como cuando le dijeron que Escuela de rock no iba a ser nominada a mejor película. Aquella peli lo era todo para él.

George comprendió entonces la importancia.

– Está bien, entra. Rápido. Hace frío y me estoy mojando.

– Eso es lo que dijo ella – comentó Jack para sus adentros. Después se acercó al portón, esperando a que Jack le abriera.


El vestíbulo principal era lo suficientemente grande como para que un par de camiones aparcaran, se transformaran y avanzaran sin colisionar.

Dos grandes puertas de roble a cada lado de una amplia escalinata tapizada de púrpura aparecieron ante Jack cuando se adentró en el hall, cerrando el portón principal tras de sí. Lamparones eléctricos de estilo medieval iluminaban la habitación, y piezas de arte, digamos, ¿bohemio? (esculturas y pinturas varias) no dejaban ver ni un ápice de pared.

George Clooney bajó apresuradamente los escalones, candelabro arcaico-eléctrico en su zurda (ya sabéis, como los que usan en las pelis de Harry Potter, pero a pilas). Calzando unas graciosas zapatillas se ajustó de nuevo el albornoz. Uno diferente. Rosa. Con unicornios y arcoíris estampados.

– Estás georgdídamente guapo con ese albornoz, George.

– Gracias, es de Amal. El mío está empapado porque un tonto-lava ha hecho que me asome por la ventana en medio de una tormenta – respondió George, ofreciendo una toalla a su amigo actor-. En fin, ¿qué ocurre, Jack?

Jack Black secó su rostro agitándolo en la toalla.

– Jo, tío, ¡qué suave! ¿Con qué lo lavas? ¿Con suavizante de culo de bebé? – Cuando acabó con su rostro, siguió con sus sobacos. – ¿Esto es sudor o agua? No soy capaz de diferenciarlos.

George respondió con una paciente sonrisa.

– ¿Y bien?

– ¿Qué…? ¡Ah! – Olisqueó-. Es sudor.

– ¡No! ¿Por qué estás aquí?

– Ah.

Jack se ensombreció. La tristeza se llevó su sonrisa burlona y George se percató de que detrás de aquella actitud de payaso estaba ocurriendo algo realmente malo. Intentó entonces mantener esa idea en su mente, aun cuando Jack enrolló su cabello mojado en la toalla, usándola a modo de turbante.

– Quizá deberíamos sentarnos. ¿Tienes algún lugar calentito en casa?

– Sí. Sí, claro. Hay una chimenea en el salón. Vayamos allí, te prepararé alguna bebida caliente – dijo George, invitando a Jack a que le siguiera.

– Guay – asintió él, desganado-. Seguro que hay una alfombra-tigre con la boca abierta cerca de esa chimenea…

– ¡Quizá lo que haya sea una alfombra-cabra a la que miré fijamente! – rio Clooney. Al no haber reacción, se entristeció – Tío, Jack, ¿qué ocurre? Ya ni los juegos de palabras con referencias funcionan. Estoy realmente preocupado.

– Has de estarlo, tío. Has de estarlo.


El reflejo de las llamas parpadeaba en los ya naranjas y cristalizados ojos de la alfombra-tigre. Yacía ahí, dirección chimenea, y boquiabierta, como rugiendo al aburrimiento.

Jack estaba apalancado en uno de los dos hermosos butacones a cada lado del aburrido tigre. Llevaba un albornoz ahora. Otro. Este era azul, y le quedaba muy bien. Se arropó con una gran y suave manta marrón.

Un trueno repiqueteó en la distancia desperezando al actor, que se había perdido en sus pensamientos mientras observaba el fuego danzando. En ese momento George entró en la habitación, con una taza humeando en cada mano.

Jack se quedó observándole, sonriente, y muy incómodo, mientras George cruzaba todo el comedor.

Podría uno tardar como medio minuto en ir de una pared a otra de la enorme habitación. Era como cuando ves a alguien al otro lado del paso de peatones y tienes que esperar intranquilo a que el semáforo cambie para saludarle, aunque en esa situación Jack no tenía coches con los que hacer que se distraía con la mirada.

Finalmente, Clooney llegó, ofreció la taza a Jack, y se sentó.

– Sin azúcar, ¿verdad?

– No, gracias. – Jack sintió como sus manos iban entrando en calor. – Fantástico… – Se percató entonces de un hueco en la pared. – ¡Señor!

– ¿Sí?

– ¿Fox?

– ¿Zorro? ¡No! Lo reservo para un panda.

– ¿No es eso ilegal?

– Por dios, no. Son todos recuerdos de mis películas. Nunca han estado vivos. No soy un asesino, ni siquiera he interpretado a uno.

Ambos rieron. Una risa cortés, sabían que el comentario no tenía gracia.

Pronto (en su momento) la risa se disipó y Jack habló.

– Hablando se asesinatos…

– Sí. Me ha llegado – dijo George, muy serio.

Jack Black se destensó entonces.

– ¡¿Qué cojones, tío?! ¿Tienes idea de cuándo empezaron?

– He estado indagando. Dicen que empezaron hace unas semanas, en las noticias. Pero sé que empezaron mucho antes. – Pausa dramática. – ¿Recuerdas a la morena del primero?

Jack se detuvo un instante, los engranajes de su cerebro buscando en su memoria. Abrió los ojos de par en par.

– ¿La del pelito corto?

– Su cuerpo se encontró hace casi ocho años, presentando las mismas características. Nada de violencia. Nada de abusos sexuales. Tan sólo deshidratada.

La mandíbula de Jack quedó desencajada. George desvió la mirada, profundamente preocupado por el asunto. Algo vino entonces a la cabeza de Jack.

– ¿Lo saben el resto? ¿Sabes algo de Danny, John y los demás?

Clooney asintió.

– Sí. Él… O ella… tan sólo se lleva mujeres. Estamos a salvo.

– Por el momento – respondió Jack. Las lágrimas se adueñaron de sus ojos-. George… Melinda ha desaparecido.

Hubo un largo y silencioso pésame.

– Lo… lo siento, Jack – dijo George, entristecido-. Quién… ¿quién es Melinda? ¿Es ella tu…?

– Lo era, supongo. La conocí filmando el último anuncio en el que estuvimos tú y yo juntos. El de What more…? Alta, rubia, naricita respingona… Las noticias no han dicho nada aún, pero estoy seguro de que será el próximo cadáver en ser encontrado. Deshidratada, como los otros – se secó entonces las lágrimas que empapaban sus mejillas y se puso serio, de nuevo-. Pero, ¿sabes cuál es el verdadero problema?

– Tú dirás, yo ya estoy terriblemente asqueado del tema.

– Que todos estos asesinatos tan sólo aparecen en los medios locales, como un pie de página, y la gente pronto se olvida de ellos. Sólo los frikis de internet empiezan a conectar las pistas. El Asesino de la Nespresso es todo de lo que hablan. Por eso he venido hoy aquí. Para poner fin a esto… con tu ayuda.

Clooney se cachondeó.

– ¿Cómo? ¿Batman y el oso gordo del Kung Fu contra un asesino en serie? ¿Has perdido la cabeza?

– Para nada. Escucha atentamente y lo entenderás: ningún medio importante está hablando de ello. ¿Ves lo que quiero decir?

– ¿Qué la policía está cubriendo los asesinatos para que la peña no se vuelva paranoica?

– Puede… o puede que alguien quiera que las ventas no bajen.

George pareció captar la teoría de Jack. Como inerte, pidió ver cómo la idea –

– Prosigue.

Jack Black se puso en pie, dejando caer la manta, y comenzó a deambular alrededor de las butacas, una mano en su espalda y la otra sujetando la taza.

– Esto es lo que sabemos:

“Durante los últimos ochos años varias mujeres han sido asesinadas. Todas estas mujeres tenían algo en común. Todas eran actrices, para empezar, y cada una de ellas había aparecido en diferentes anuncios junto a uno de los mejores actores de Hollywood. Y contigo.

“Esto nos lleva a implacablemente deducir que un asesino en serie (o un asesino en anuncios) anda suelto. ¡Un hombre o mujer que rapta mujeres que han aparecido en uno o más anuncios de la Nespresso! – Jack se detuvo frente a la chimenea y miró a George.

– El Asesino de la Nespresso… que no sólo mata sino que deshidrata a las mujeres. Sin violencia. Sólo las seca. Pero, ¿por qué? ¿Por qué no a mí?

– Tengo respuestas para todas las preguntas conocidas (a las que no responderé ahora mismo, gracias…), ¡pero! La respuesta a dicha pregunta me elude, amigo mío.

Black sherlockeó, embriagado. Clooney suspiró.

– Muy bien. Qué hacemos, pues.

– Bueno… Creo que Nespresso está encubriendo los asesinatos.

– Espera, ¿crees que asesinaron a todas esas actrices?

– No, creo que están pagando una fortuna para que sus muertes no aparezcan en las noticias. Para proteger su imagen. Y la tuya.

El silencio se apoderó de la habitación. Jack y George intercambiaron miradas.

Al rato, George habló.

– Lo siento, Jack. De veras. Pero creo todo lo que dices son pamplinas.

Jack no se lo podía creer.

– ¡¿Qué?!

– Comprendo que lo de que Melisa se fuera haya sido duro, y que hay muchas conspiraciones en la red bastante creíbles con todo esto del Asesino de la Nespresso… Pero me da que tan sólo son coincidencias.

– No me lo puedo creer… – susurró el actor, su corazón roto.

– Eso es porque ahora mismo no estoy actuando. Y la verdad es más difícil de aceptar que la ficción. El pobre Richy Gere aún no se ha enterado de que la historia del chucho japonés está basada en hechos reales. Le partiría ese sensual y budista corazón que tiene.

Jack Black se quedó de pie, paralizado.

– Y qué hay de…

– No sabes nada de Melinda, Jack. Quizá esté por ahí haciendo cosas de Melinda y melindeando melindeadamente, esperando a que vuelvas a casa. Y si no es así, deja que la policía haga su trabajo. Ven.

George Clooney abrazó a Jack Black, quien claramente estaba a punto de romper a llorar.

– Cálmate. Sabes que puedes quedarte conmigo todo el tiempo que necesites, ¿verdad? De hecho, me encantaría que lo hicieras.

El cómico se liberó de los bazos de George y sonrió, agradecido.

– No sé, tío. Ahora estoy algo agitado, así que seguro que paso aquí la noche. Mañana… Creo que tienes razón. Iré a ver a la poli y les contaré mi teoría.

Clooney le devolvió la sonrisa a su amigo.

– Está bien.

Se agachó y devolvió a Jack la manta que yacía en el suelo.

– Por cierto, no he podido evitar sentir lo frío que estás. Anda, toma tu café. Te hará bien.

– Gracias George. Eres un buen amigo.

Tras cubrirse de nuevo con la manta, Jack tomó un sorbo.

– Hmmm… – Cerró los ojos, sonriendo. – Increíble… ¿qué es?

– Adivina. Prueba de nuevo.

Jack sorbió y saboreó a conciencia. Se podía hasta notar la lengua moviéndose en su boca. Entonces pareció percatarse, tragó y alzó una ceja.

– ¿Nespresso?

– No. Erraste.

– ¿Qué? – Jack olfateó la taza. – ¿En serio? ¡No me jodas, Georgey!

El Sr. Black tomó otro sorbo.

– ¿Nescafé? ¿Saimaza? ¿Costa?

– Mal, mal y mal. Prueba una vez más. Utiliza todos tus sentidos. Tu lengua, tus labios, tu nariz, tu… corazón.

Jack observó a su amigo, extrañado. Acercó entonces la taza a sus fosas nasales, aspirando intensamente la esencia del café que había en ella. Había algo familiar, ¿pero qué?

Sus ojazos marrones se abrieron y congelaron en un instante.

– Melinda…

What else…?

Usando un pequeño cuchillo que escondía en su manga, George apuñaló a Jack trece veces en el pecho, derramando su sangre por todas partes.


Varios apuñalamientos más tarde, George se detuvo, jadeando, y echó un vistazo al cadáver de Jack. Sus ojos sangrantes aún estaban fijos en él.

Qué lástima.

Dejó que el cuerpo de Jack cayera sobre el butacón. Entonces suspiró y se encaminó hacia la cocina, dejando tras de sí una huella rojiza con cada pisada.

Una vez allí, se acercó a una cafetera modificada de la cual surgían diferentes tubos cada uno con su propia etiqueta. Tomó un paño y se puso a limpiar el dispensador de café.

– Lo sé, Melinda, lo sé. En serio: confiaba en él, pero sabía demasiado. Además, no podía dejar que te poseyera sin drenar todas tus virtudes, ¿verdad? Nadie más que yo pudo apreciar tu aroma.

Cuando el grifo quedó suficientemente limpio, el actor se acercó a una estantería y cogió una tacita. La puso entonces en la cafetera y se detuvo a escoger entre la variada colección de sabores que había adquirido durante los años.

– Aun así, Melinda querida, creo que ahora prefiero pasar un ratito con Sarah – encendió entonces la máquina pulsando el botón junto a la etiqueta que leía “Sarah” y esperó a que se sirviera el café.

Una gota errante le hizo darse cuenta de que tenía sangre en el pelo. Se acercó a un espejo para darse cuenta de que estaba hecho un asco: casi todos los unicornios y arcoíris del albornoz de su mujer eran ahora rojos.

– Tenía él razón – sonrió Clooney-. Estoy georgdídamente guapo con este albor… ¿Georgdídamente? ¿George…?

George se dio cuenta del juego de palabras y rio a carcajada limpia.

Cuando el café acabó de servirse, el actor tomó la tacita, aun riendo.

– Ah, Jack… Pero qué hijo puta.

Sorbió.

FIN.


Esta es una obra de ficción. Cualquier nombre, personaje, ocupación, lugar, evento u/o incidentes son producto de la imaginación del autor o usados de manera ficticia. Cualquier similitud a persones reales, vives o muertas, o eventos reales son pura coincidencia.